09 agosto,2017


Delitos sexuales contra menores en Internet, una pelea que estamos perdiendo

*Paola, de 9 años, fue contactada por *ZamoraBueno a través de Micegirl, un juego en línea que junta a personas de todo el mundo y ofrece un chat para que los participantes interactúen entre sí.

En apariencia es un juego para niños, que conoció a través de algunos compañeros del colegio, que también tienen “avatares” allí creados a los que han bautizado con nombres bastantes singulares.

El primer acercamiento implicó un saludo y una conversación sobre el juego, luego una invitación a hablar en privado por hangout (la niña tenía creado un correo electrónico con autorización de los padres). Tras las bromas y risas, el diálogo se transformó en una lluvia de frases manipuladoras que incluían halagos y la “confesión” aparente de que era un niño, también, de 9 años al que su mamá lo tenía vigilado y no podía mostrarse en cámara como él quisiera. Puras patrañas. Finalmente ZamoraBueno logró ganarse la confianza de la niña y convencerla para que le mostrara su cuerpo.

Una vez ocurrido esto, la acosaba constantemente a través del chat del juego y con la amenaza de que conocía quienes eran sus padres y los mataría si ella no accedía a sus pretensiones logró someterla a su voluntad varias veces. Le ordenaba quitarle el volumen al portátil y usarlo en la habitación a horas que ya la niña le había dicho que se encontraba únicamente con la empleada doméstica.

La bomba estalló una mañana en que Paola fue sorprendida por la madre llorando frente al computador, muerta del pánico.

Cuando la mujer tomó el portátil en sus manos la video conferencia de hangout había sido cerrada, pero en el chat quedaban varias de las conversaciones sostenidas. La primera reacción fue llamar a la Policía, sin embargo, tras escuchar a los investigadores que acudieron a su casa y analizar las mínimas probabilidades de captura del “maldito” que le hizo eso a su hija desistió de interponer la denuncia. Tomó correctivos respecto al uso del computador: cambió el portátil por uno de mesa y aprendió a usar el control parental. Además buscó un sicólogo privado para que atendiera a la niña.

“Me dijeron que había maneras de encontrar al sujeto, pero era muy difícil por varias cosas. Primero porque se trataba de una sola víctima y cada investigador tenía hasta 70 investigaciones por las que debía responder para ser calificado y una investigación como esa requería de tiempo y dedicación y había altas posibilidades de que nunca se supiera quién era porque depredadores como esos se valían de artimañas para no dejar huellas confiables de la IP (identificación informática del sitio desde donde enviaron los mensajes). Segundo, si se trababa de alguien que vivía fuera del país, su captura era más difícil aun porque había que contar con la policía de otra Nación y ese apoyo algunas veces tardaba, y si se trataba de un solo caso como este, eran mínimas las probabilidades que despertara interés. También me decepcionó que en Cartagena no hay una unidad investigativa que se dedique exclusivamente a este tipo de casos; así que pensé que someter a mi hija a indagatorias y demás trámites que implica un caso judicial por obtener algo que era incierto, no valía la pena”, precisa la madre de la víctima.



El caso de Paola, ocurrido hace unos siete meses, pasó a ser, entonces, uno de los muchos que ocurren, pero que no engrosan las estadísticas manejadas por las autoridades porque nunca fue denunciado. La falta de confianza en las autoridades para manejar este tipo de delitos y resolverlos efectivamente persiste en un porcentaje desconocido en la ciudadanía, lo que amplía el espectro de impunidad en que se mueven los abusadores y explotadores sexuales de menores por Internet.

La Policía y el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía (CTI) han mostrado algunos resultados valiosos como las capturas del periodista Alejandro Matamoros, en Bogotá; y d